Crujen, se retuercen, se quiebran.
Sueltan su amarra permanente, aquella que les permitió sobrevivir, aquella que les brindó protección, abrigo, aquella que les otorgó el privilegio de vivir, pidiendo a cambio tan poco.
La abandonan, para no regresar. La abandonan, se liberan, se independizan, dejando atrás aquel puerto seguro, que queda bajo el amparo de su propia sombra.
Se desprenden, caen. Flotan sobre corrientes que se apoderan de su peso. Las obligan a bailar a su gusto y placer.
Las acunan suavemente hasta dejarlas dormidas sobre el fondo, sobre la tierra, lejos.
Nostálgicas, intentando recuperar la materna protección de antaño, se unen inconcientemente. Forman cuadros matizados tiñéndolo todo de su estado de ánimo. Marrón, amarillo, algunos tonos de rojo.
El fondo, la tierra, el suelo, se inunda, se tapiza, se reviste. Mientras ellas se mueven al compás del viento, bailan un paradójico vals de otoño.
Los niños se divierten, disfrutan. Las pisan y saltan sobre ellas, o con sus manitos las estrujan.
Sin tener como defenderse ellas se entregan y, a su merced…