Hoy lo hice.
Desde hacía tiempo lo venía pensando.
Pero hoy, por fin, me decidí.
Me paré en el borde del cordón de la vereda de aquella calle transitada; estiré el brazo, con la mano también extendida, formando una línea recta y ocultando el dedo más gordo debajo de los demás; y con la mirada en el objetivo esperé.
Bajé el brazo y mi mano se tomó de un caño, colocándose mi cuerpo a la izquierda de dicha mano; mi pie más hábil se elevó y se afirmó en lo que fue el primer escalón; el otro de mis dos pies calcó la maniobra hacia la superior superficie; una vez más lo hizo el pie primero, para ya acomodarse en un piso plano.
Firme, mis ojos pasearon posándose, instante tras instante, en aquellos otros ojos ajenos que se aparecían.
Mi mente se divirtió creando la historia personal de cada par de pupilas. Pero de pronto, una voz a mi lado me preguntó secamente: -¿Cuánto?
Mi cabeza giró lentamente hacia él, y con el rostro tan pasivo como es posible, y con una sonrisa desplegada entre los cachetes, mi boca, independiente, contestó muy amable: -¡Esta es mi parada!
Paso a paso, con un ritmo tardo, crucé la pasarela recortada por asientos oscuros; ante la mirada curiosa de todos aquellos iris, por mí, ya conocidos. Y con dos ojos clavados a mi cuerpo a través del espejo.
Llegué a un caño vertical, del que mi mano derecha se tomó, y la izquierda presionó un botón, de entre naranja y negro; de todas maneras la puerta se encontraba todavía abierta, ya que en la misma parada en la que yo subí, otros habían bajado, como ahora yo.
Levanté la vista y la mano, saludé al chofer con un "hasta luego", y bajé cada escalón, con una seguidilla de cabezas vueltas hacia mi persona. Acto seguido posé ambos pies en el borde del cordón de la vereda de aquella calle transitada.
El micro tardó en reaccionar pero, momentito después, prosiguió su trayectoria.
Y yo, yo, dejé que todas las historias inventadas quedaran, y volaran, con la brisa que me hacía invisible.
Albi.