Luces recorren la ciudad. Sonidos, sirenas. Las calles se tiñen de rojos, amarillos y verdes.
El viento transporta la soledad de la vereda deshabitada, barre ciegamente las últimas lágrimas de los árboles. Hojas rebeldes, que se empecinan en no reconocer el reinado del otoño.
Las frías luces de los faroles, vacías de compasión, desechan sobre mí su mirada. Erguidas, orgullosas, me denigran cual gigante a una hormiga, despojándome de todo rastro de esperanza.
El cielo, inmortal vencedor, descubre los destellos de una luna llena, que rodeándose de nubes resalta su grandeza.
La gente camina en cámara lenta, cada paso consume sus fuerzas. Parecen hormigas, que solitarias, siguen un mismo rumbo, un mismo camino, sin animarse si quiera a descubrir qué hay alrededor. Cada uno hablando en un idioma diferente y propio, creyendo que alguien más escucha, entiende. Quizás por la necesidad de que esto sea así.
Circulan, mimetizados con los otros, como caballos con la vista restringida, viendo hacia delante o hacia ellos mismos. Es su amo, su señor, quien les impone esta condición de vida, sin embargo son los mismos caballos quienes se dejan amarrar al carro y, bajo el dominio, no tienen más que marchar en su unicidad.
La soledad toma la ciudad por la fuerza, abatido de observar, mis ojos se fueron cerrando pero no para ponerle fin a éste, mi desvelo eterno, sino para confirmar que todo era cierto. Que como ente a la deriva mi destino es poder observar, sin sentirme reconocido y sin poder, siquiera yo que lo se, cambiar ese rumbo, cambiar mi idioma, poder escuchar o lograr entender a alguien más, rompiendo ese vertical mandato de soledad.
APW/S
18 de mayo de 2008
por las calles de La Plata
1 comentario:
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